Hay recetas simples que siempre funcionan, y estos scones son una de ellas. Quedan altos, suaves por dentro, dorados por fuera y con muchísimo sabor a queso. Son ideales para una merienda salada, un brunch o para acompañar una sopa o ensalada. Yo los preparo con parmesano porque me encanta el sabor intenso que aporta, pero también podés jugar con otras combinaciones de quesos.

 

Si querés, mezclá parmesano con un 30% de mozzarella o pategrás: quedan increíbles. Yo usé solo parmesano, pero es totalmente a gusto.

 

Ingredientes

 

Para 8 scones grandes (o más cantidad si los hacés más chicos).

 

500 g harina, 120 g manteca fría, 180–220 g parmesano en hebras, 1 huevo + 1 yema, 90 ml de crema de leche, 120 ml de leche (aproximadamente), 10–12 g polvo de hornear, pizca de sal (opcional, probablemente no necesites, unos 3 g aproximadamente).

 

Preparación

 

Mezclar la harina, el polvo de hornear, la sal y la manteca fría hasta formar un arenado. Agregar el parmesano en hebras.

 

Incorporar la crema, la leche, el huevo y la yema. Unir la masa sin amasar. Yo la divido en tres partes, las estiro apenas y las superpongo una sobre otra para generar capas. Luego estiro suavemente y corto los scones.

 

Me gustan bien altos, pero podés hacerlos del tamaño que prefieras. Antes de llevar al horno, si querés, pincelalos con crema y agregales un poco más de parmesano por encima. Yo esta vez no lo hice.

 

Hornear en horno fuerte, a 190–200 °C, hasta que estén bien dorados.

 

Tips

 

No amases la masa para que los scones mantengan una textura tierna y liviana.

 

Trabajá siempre con la manteca bien fría para lograr una mejor estructura.

 

Quedan espectaculares recién hechos, tibios, con la corteza apenas crocante y el queso todavía fundente.